Picture this: sobremesa, silencio total, todo el mundo ahí sin mucho que decir. De la nada, el papá de mi novio me pregunta, enfrente de todos, si esquío: esquí acuático, para ir al día siguiente a primera hora. En lugar de contestar, digo otra cosa que nadie me preguntó: “sí, pero soy malísima”.
Lo digo rapidísimo, como un escudo automático, porque si alguien me va a juzgar de ser mala, prefiero ganarle y decirlo yo primero. Él me mira sin entender mi respuesta. “¿Y qué? Te estoy preguntando si te gustaría, no si eres buena”. Me quedo callada, que es lo que hago cuando alguien tiene razón y todavía no decido si me conviene admitirlo.
Principiante preparada…
Hacer algo y hacerlo bien son dos cosas distintas, aunque llevamos años usando el mismo verbo para ambas. “¿Juegas pádel?” ya no significa “juegas pádel”: significa eres alguien que juega pádel, con la ropa, el nivel, la membresía y biografía que eso implica. Por eso contestamos como si nos estuvieran evaluando, por eso decimos que no a cosas que sí queremos hacer.
Mientras escribo esto me pongo a pensar, genuinamente, en la última vez que fui principiante en algo, y me quedo en blanco un buen rato. Me doy cuenta de que hace tiempo no me pongo en una situación donde pueda quedar mal como principiante. O, bueno, sí se me ocurren algunas.
La primera escena que me viene a la mente es en el hielo, en un lugar donde la gente prácticamente nace con patines puestos. Alguien propone una sesión de hockey amistosa y digo que sí, porque siempre digo que sí. Contexto: la última vez que patiné fue hace 10 años, en una de esas pistas de diciembre que de hielo solo tienen el nombre.

Corte a: me dan los patines, piso la pista y pienso, literal, “¡qué es esto!”. Aquí no hay esos pingüinos de apoyo que usan los niños para no caerse, nadie los necesita. Las piernas temblando, mis pies yéndose para adelante y yo para atrás, la postura menos appealing de mi vida y, para rematar, no estaba nada feo el que repartía los patines. Termino con un stick de hockey en la mano, usándolo de bastón, sin la más remota idea de qué hacer con él. Qué oso.
Los canadienses, para ser justos, no me juzgaron: me pusieron de portera, donde te mueves lo menos posible, y hasta di algo de pelea. Me divertí muchísimo. Lo raro es la vergüenza, “me da pena no saber patinar”, como si saber patinar fuera un hecho dado. Vivo en CDMX, donde casi nadie patina en hielo (“casi” para no ofender a quien sea la excepción a esta regla casi absoluta), y nadie me estaba calificando: me califico yo sola, con una vara que ni siquiera existe.
Tampoco es que el mundo nos deje mucho espacio para practicar. LinkedIn, por todos lados, pide cinco años de experiencia mínima en el mismo puesto exacto, lo cual siempre me parece un trip: si ya hice ese trabajo cinco años, ¿para qué querría repetirlo? Nadie deja la puerta abierta para el que apenas empieza, y luego nos preguntamos por qué a nadie le gusta empezar.
Con los run clubs pasa algo parecido, y aquí hablo desde el otro lado, porque yo ya corro y me encanta correr. Entiendo perfecto por qué intimida llegar: todo el mundo con la marca correcta, el reloj, el pace de memoria, los kilómetros dichos como si fueran su segundo nombre. Todos ahí fueron principiantes alguna vez y ninguno lo parece, yo ya soy parte de ese decorado, y sé que funciona.
De ahí sale el fake it till you make it, que en la práctica significa que todos fingimos estar más adelante de donde estamos y nadie enseña la parte fea. El resultado es una ciudad llena de expertos y ningún aprendiz a la vista, y una versión de mí que practica antes de empezar, para que nadie la vea empezando. ¿Y esto? O suena rarísimo, o es justo donde más te vas a identificar conmigo: termino preparándome para ser una principiante preparada, que suena absurdo, y aun así es exactamente lo que hago.
Extraño la universidad por esto, aunque suene a ñoña confesarlo; en un salón todos entran por la misma puerta, todos se inscriben sabiendo que no saben, y ese acuerdo no dicho es lo que permite que nadie tenga que fingir. Afuera nadie se inscribe a nada, cada quien llega por circunstancias distintas y, sin que nadie lo convoque, se arma un examen. En el lago no se mide qué tan bien esquías, se mide qué te tocó antes de llegar al lago: si tus papás te llevaban, si hubo dinero, si hubo tiempo, si tuviste amigos en ese lugar, si hubo lago siquiera. Nadie decide estar ahí y aun así todos nos estamos calificando.
Mis papás son 100% de ciudad, nunca fui outdoor girl. Mis amigas me decían la más patosa del grupo, con toda la razón del mundo. Hoy soy la más outdoorsy de todas, y todo empezó con la primera date. Sí, al principio de la relación a.k.a. la peor época posible para hacer el ridículo: los primeros hikes, donde casi escupo un pulmón, o esa vez que me subí a una bici, después de años sin hacerlo, y casi me llevo todos los botes de la calle entre las piernas. Él me preguntó, en serio, sin ironía, si de verdad sabía andar en bici. Un minuto después recuperé la memoria ciclista básica… un minuto: es el tamaño real de la humillación que llevamos la vida entera esquivando.


Después de ese paseo en bici viene lo demás: 70 km, los montes, la Malinche, el Izta; la primera carrera, el medio maratón, entrenar para uno completo… nada de eso lo decido yo totalmente, también lo decide alguien que me invita sin pedirme currículum.
Hay una frase que leí y nunca se me ha olvidado: “what a privilege to be the least knowledgeable person in the room”. O, en este caso, en la montaña, en el lago, en la calle, o donde sea. Porque aunque mi reacción automática pueda ser querer estar preparada para todo, ser la que menos sabe en la mesa quiere decir que la mesa está llena de oportunidades, y cosas que puedo aprender.
El mundo, resulta, le sonríe al que sale del clóset de no saber. Y aun así, nunca va a faltar el evento, la ocasión, donde alguna actividad o algún hobby te gane en diez minutos. Llega puntual el momento feo, y ahí se queda, nadie se muere, tampoco se insiste.
Otra de las últimas veces que he sido principiante de verdad, fue pescando, en un río congelado, sí, como escena de Club Penguin. Me emocioné tanto con el primer jalón que tiré de la línea equivocada: el anzuelo de la persona que pescaba a mi lado, y todos nos reímos. Mientras alguien me explicaba, con muchísima paciencia, lo que acababa de hacer, salió una aurora boreal.
¿Conclusión? No soy la pescadora del año, pero esa noche, con la caña de un desconocido en la mano y una aurora boreal encima, no se me ocurrió ni una sola vez preguntarme cómo me veía. Y ahora, después de poner punto final a esta columna, voy a ver con qué me entretengo para ser principiante otra vez.

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