El arte de coleccionar
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El arte de coleccionar

 Desde que tengo memoria, siempre me han intrigado los objetos y el valor que les damos. ¿De dónde vienen? ¿Por qué importan? ¿Qué simbolizan? ¿Cómo los interpretamos? Objetos que, si no fuera por nosotros, sus intérpretes, dejarían de ser eso que hoy creemos que son. O, por lo menos, eso creo. 

Ánima. El alma para Aristóteles. 

Muchos podrían debatir que lo que estoy diciendo carece de sentido, pero mi yo de cinco años, que coleccionaba My Little Pony y llegó a tener una familia de más de cincuenta ponis de diferentes colores, olores y sabores, te podría asegurar que cada caballito de plástico poseía su propia alma y esencia. 

Dentro de la filosofía existe una corriente llamada animismo filosófico, que parte de la idea de que el mundo natural no es simplemente un sistema de materia inerte, sino que todo lo que existe, desde animales, plantas, ponis, objetos, posee algún tipo de conciencia, alma, intencionalidad o principio vital. Y creo que es lindo pensar que los objetos inanimados esconden espíritus invisibles. Y quizá eso explique mi fascinación por ellos. 

Además de los ponis, he sido coleccionista de muchas cosas. Coleccionando o acumulando (como tú y yo lo queramos ver) de manera inconsciente. Recojo una concha en el mar. Luego recojo otra para que acompañe a la primera. Porque ¿cómo un caracol no tendría otro amigo caracol? Después una más para que se rían entre ellos y hagan una familia. Luego otra, y otra, y otra, y otra. Hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, ya tengo cien. 

Conchas, ponis, pelotas de goma con brillos, estrellas y colores, estampas, llaveros, cartas que me regalaron mis amigas, llenas de dibujos hechos con plumones de colores que decían P.U.M.B.A. o E.U.R.O.P.A.; algunas con mi nombre escrito en cursiva y rodeado una y otra vez por un arcoíris de marcadores sobre las hojas cuadriculadas de los típicos cuadernos de matemáticas. Insectos, ternurines y claro, sus casas. Fotos antiguas que encuentro en mercados y tiendas de antigüedades, pines, broches, teteras y tazas para hacer pequeños rituales íntimos cuando llega una visita a mi casa. Porque cada invitado tiene una taza distinta según su personalidad. ¿Eso tiene sentido? ¿no? Gemas, velas… 

Mi mamá siempre me ha dicho que soy una acumuladora profesional y que guardar objetos que para los demás son basura no me va a llevar a ningún lado. Desapegarme de mis colecciones de chácharas y chunches siempre ha sido muy difícil. Pero ¿cómo le explico a alguien que tener trescientas pelotas de goma acomodadas en distintas cajitas por tamaños y texturas tiene todo el sentido del mundo e incluso es vital para la tranquilidad de mi alma? 

Hoy creo que vivimos en un mundo muy distinto al que crecí. Tengo veintisiete años y, cuando era chiquita, las playas estaban repletas de conchas que, sin mucha conciencia, las personas recogían y se llevaban a sus casas por su belleza y su hermosa forma. Yo me las llevaba para hablar con el mar. Seguro alguna vez lo hiciste, ponerte un caracol en el oído y escuchar ese supuesto llamado de sirena. Hoy ya no puedo llevarme conchas porque, gracias a Dios, la conciencia colectiva es distinta. Ni coleccionar bichos o caracoles. Tampoco me hace sentido tener y gastar en más de mil estampas de scrapbook

Por años dejé de coleccionar. Ya no había más conchas que recoger. Y todos esos objetos que alguna vez fueron mi mundo terminaron en bolsas de basura, como cuando Andy empacaba sus juguetes. Creo que esa memoria de ser una pequeña coleccionista y aficionada del objeto se perdió en mi RAM. 

Hasta que… 

Años después, mi amiga Mafer me invitó a su casa y, mientras platicábamos y nos poníamos al día con la vida, le pregunté cuál era el regalo que más valoraba. Me respondió que los libros. Pero no cualquier libro. Ella buscaba aquellos que guardaban viejas dedicatorias. 

“Mi querida Lolita, siempre tuyo, Simón.” (1950). 

“Para la profesora Juliana, espero que en este libro encuentre respuestas.” (1975). 

“Ana y Rafael, siempre juntos.” (1920). 

Mensajes de fantasmas. 

Me enamoré de su respuesta. Y creo que Mafer no lo sabe, pero obviamente se convirtió en mi nuevo pasatiempo. Desde entonces empecé a abrir libros como una loca cada vez que la vida me llevaba a la puerta de una librería antigua. Comencé a comprar libro tras libro cuando encontraba mensajes ocultos, casualidades, señales que la vida parecía poner frente a mí cada vez que abría una página. 

Fantasmas que jamás serían olvidados en un librero si yo decidía hacerme cargo de su memoria. Frases que, como cartas del tarot, parecían comunicarme algo, poemas, lecciones, advertencias. Gracias a esos mensajes, Mafer y yo llegamos a descubrir literatura hermosa que, de alguna manera, concebimos casi como una experiencia religiosa. 

Hoy tengo alrededor de treinta libros con dedicatorias y coleccionar esas historias del pasado se ha convertido en una de mis pasiones más grandes. Cada dedicatoria es un amor que existió, una primera relación, un profesor digno de admirar, una celebración, un logro, un gesto de cariño o un verso escrito para sobrevivir un duelo. Cualquiera que sea la historia, alguna vez fue una persona con sueños y vida. 

No me pueden convencer de que esas cartas y esos libros no tienen vida. Ni alma. Por eso sería inhumano de mi parte dejar que esas vidas se llenen de polvo y se pierdan en el olvido. Y creo que por eso colecciono. Porque la alternativa sería olvidar. Y, si me conoces, sabes que la memoria nunca ha sido mi fuerte. Me da paz pensar que los objetos recuerdan por mí y gracias a mí. Que algún día, cuando yo ya no esté, alguien pueda conocerme a través de ellos, adivinar quién fui por mis libros, mis dedicatorias, mis conchas, mis tazas y mis pequeños mensajes ocultos. 

Creo que nunca había compartido esto con nadie. Pero hoy le doy las gracias a Mafer y a mi mente obsesiva, curiosa y profundamente convencida de que algunos objetos también saben recordar. 

Quizá eso sea, al final, coleccionar: negarse a que una historia desaparezca. Porque mientras exista alguien dispuesto a recordar un objeto, también seguirá existiendo un poco de la persona que alguna vez lo sostuvo entre las manos. 

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