Mi mamá tenía una frase en su estado de Messenger. Sí, Messenger, hace muchísimos años. Decía: “Disfruta de las pequeñas cosas que la vida te da“. No sé si es porque cuando eres niña todo lo que lees se te queda grabado de una forma distinta, pero esa frase nunca se me olvidó. Durante años pensé que entendía lo que significaba. Creía que hablaba de agradecer lo que tienes, de valorar un atardecer o una taza de café. Pero últimamente he pensado que quizá se refería a algo más difícil: estar lo suficientemente presente para darte cuenta de que esas pequeñas cosas están ocurriendo.
Hace poco iba camino a un evento al que llevaba días queriendo ir. Iba con prisa porque, según yo, entre antes llegara, más iba a disfrutarlo. Mientras esperaba el semáforo, un pajarito se paró frente a mí. No tenía nada extraordinario. Era solo un pájaro. Pero me pareció tan bonito que me quedé observándolo unos segundos. Ahí, en medio de la prisa, pensé en la frase de mi mamá. Las cosas bellas aparecen todo el tiempo; el problema es que casi siempre estamos demasiado ocupados pensando en la siguiente. Vivimos imaginando el viaje antes de hacerlo, el cumpleaños antes de que llegue, el restaurante antes de probar la comida. Vamos pensando en la historia de Instagram, en el video, en la foto o en cómo vamos a contar la experiencia después, en lugar de simplemente vivirla.
Y creo que esa lógica también alcanzó a la creatividad. Ahora parece que todo tiene que servir para algo. Si empiezas a hacer cerámica, alguien pregunta cuándo vas a vender tus piezas. Si bordas, te enseñan cómo convertirlo en un negocio. Si cocinas, casi parece obligatorio grabarlo. Si descubres un hobby nuevo, la conversación rápidamente gira hacia cómo monetizarlo. Como si disfrutar ya no fuera suficiente.
Hace unos meses empecé clases de cerámica. Pensé que iba a aprender una técnica, pero terminé encontrando algo mucho más valioso: un espacio donde nadie esperaba que fuera buena. Un lugar donde una pieza rota no era un fracaso y una pieza chueca no necesitaba justificarse. Donde podía hacer algo por primera vez sin la presión de destacar, producir o compartirlo. También encontré un grupo de mujeres increíbles. Sin darme cuenta, ese taller se convirtió en uno de los momentos que más espero de mi semana. Hay algo muy especial en compartir un espacio donde todas estamos aprendiendo, donde nadie compite y donde crear con las manos termina siendo casi terapéutico. Incluso me hizo conectar con una parte de mi feminidad que nunca había explorado desde un lugar tan tranquilo: el de crear, cuidar y compartir, sin prisas.
Desde entonces he buscado más espacios así. Bordar aunque no me salga perfecto. Hacer manualidades que probablemente terminen en un cajón. Escuchar discos que el algoritmo nunca me recomendaría. Ver películas sin leer antes las reseñas. Salir a caminar con mi perro sin un destino ni un podcast que “aproveche” el tiempo. Simplemente hacer las cosas porque sí. Porque quizá eso también es disfrutar de las pequeñas cosas. No solo mirar un pajarito en un semáforo o un atardecer especialmente bonito. También permitirte ser principiante. Encontrar un lugar donde nadie te evalúe. Hacer algo sin pensar si algún día va a convertirse en un negocio, en contenido o en una habilidad que impresione a alguien.
La creatividad necesita espacios donde no la evalúen. Creo que todos necesitamos conservar algunos rincones de nuestra vida que no le deban nada a nadie. Lugares donde no importe si somos buenos, si alguien nos aplaude o si podemos sacar algo de ellos. Espacios que existan únicamente porque nos hacen bien. Quizá eso era lo que aquella frase en Messenger intentaba decirme desde hace tantos años. Que las pequeñas cosas nunca dejaron de aparecer. La diferencia es que ahora depende de nosotros detenernos lo suficiente para verlas.
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