La palabra que Lena Dunham utiliza para el título de su nuevo libro se queda dando vueltas mucho después de cerrarlo: famesick. No es exactamente nostalgia. Tampoco es arrepentimiento. Es algo más extraño: la conciencia que llega cuando la autora cae en cuenta de que la atención (esa que tanto buscó, esa que la hizo, esa que casi la deshace) también enferma.
Famesick, su segundo memoir publicado doce años después de Not That Kind of Girl, llega con una Dunham distinta. Ya no es la chica de 25 años que protagonizaba Girls y respondía cada controversia con un tuit. Es una mujer de 39, casada, recuperada de una histerectomía, de una adicción y de su propia juventud. Y, sobre todo, ya no parece interesada en ganar la conversación. Tan solo en contar su historia.
¿De qué trata Famesick?
Dunham ha sido, desde su salto a la fama, una figura que se necesita amar u odiar, nunca a medias. Sea bueno o malo, es innegable que siempre ha dado (y dará) de qué hablar. Famesick arranca con sus comienzos: los primeros pasos en los festivales de cine que la pusieron en la posición de conocer a las personas adecuadas en el momento adecuado para poder pitchear Girls. Después, la autora se adentra en cómo fue crear el programa a su corta edad, la sensación de ser inexperta y estar rodeada únicamente de personas que saben más que tú, mientras tu voz, por contrato o por destino, es la que tiene que mandar en la habitación.
Dunham lo describe así: “el estrés tiene un efecto cuantificable en condiciones autoinmunes e inflamatorias… hacer Girls, probablemente es la mejor cosa que me pasó en la vida, pero también el momento en que más duro trabajé, solo me enfermó más”. A los 25 años, la mayoría de las personas no sentimos la presión de crear algo lo suficientemente bueno y atractivo para poder sostener las vidas de una producción entera de HBO. El foco mediático era enorme y las responsabilidades también. Dunham nunca imaginó el giro que daría su vida ni el punto de inflexión del que no podría retroceder: la relación con sus coestrellas, con la productora Jenni Konner —que empezó como mentora y amiga y terminó convertida en desconocida— y, sobre todo, la relación consigo misma.
La enfermedad atraviesa todo el libro. Desde que Dunham tiene memoria, su cuerpo ha sido un territorio difícil de habitar: síntomas que nunca llevaban a un diagnóstico, hospitales desde temprana edad, dolor sin nombre. El diagnóstico llegó tarde. Primero endometriosis, que derivó en una histerectomía a los 31, y después síndrome de Ehlers-Danlos, un trastorno raro que afecta enormemente su calidad de vida. Pero más que la cronología clínica, lo que Famesick logra es mostrar cómo esas enfermedades dieron forma a su manera de habitarse a sí misma y al mundo. Explican también, en gran parte, cómo lidió con el dolor y el costo que eso terminó por cobrarle.
A esto se suma su adicción al Klonopin (clonazepam), que comenzó en sus veintes como dependencia médica a los calmantes que le recetaron para tratar la ansiedad y el dolor crónico. Sumado al estrés de su trabajo, era una receta clara para el desastre. Dunham relata en el libro su estancia en un centro de rehabilitación y las consecuencias que la adicción, esa otra forma de enfermedad, trajo a su vida.
Conocer los detalles nos ayuda a entender, sino a justificar, muchas de las decisiones que Dunham tomó en esos años. Una de las más costosas fue la declaración que emitió junto con Jenni Konner en 2017, cuando la actriz Aurora Perrineau acusó al guionista de Girls Murray Miller de violación. En ese comunicado, ambas defendieron a Miller. Fue uno de los episodios que más le costaron pública y personalmente, y en el libro Dunham revela algo que cambia la lectura del momento: no tiene recuerdos de haber escrito ese statement. La fecha en que se publicó coincidió con su recuperación de la histerectomía, y describe haberse querido morir cuando comprendió la gravedad de sus acciones.
Famesick nos muestra a una Dunham más madura, que habla desde un lugar distinto al que habíamos visto en el pasado. Ya no busca provocar: cuenta su historia con autocrítica, pide disculpas cuando es necesario y, sobre todo, ya no siente la necesidad de reaccionar a absolutamente todo lo que se lanza en su dirección. El libro retrata, de manera literal, los efectos de vivir bajo los reflectores y cómo el escrutinio del público termina por marcar la pauta de las decisiones más íntimas. La Dunham que aparece aquí es la que tenía demasiado interés por agradar, por ser digerible, por ser comprendida; una mujer que encontró el éxito en su juventud y a la que muchos resintieron por exactamente eso.
En retrospectiva, y esa es la bondad que nos muestra Dunham al revisitar sus veintes después de un tiempo: tiene sentido que tomara decisiones impulsivas, que se dejara llevar por sus emociones. La cuestión no es si la perdonamos, sino qué le debemos a nuestra propia versión joven cuando empezamos a entender lo que entonces no sabíamos. En el caso de Lena, esa deuda se paga revisitando su historia y compartiéndola desde un lugar distinto. Con más compasión, pero también con más autocrítica.
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