Del 1 al 10, ¿qué tan trillada es la frase “si haces lo que amas, no vas a trabajar un solo día en tu vida”? Yo diría que 11. No porque no puedas disfrutar hacer lo que te gusta sino porque cuando agregas “trabajo” a la ecuación, todo cambia.
Que yo me dedique a escribir ha sido una suma de gusto, talento y mucha suerte. Empezó como a los 10 años, cuando en los veranos eternos el ocio me llevaba a escribir guiones en donde mis primos eran las protagonistas. Tomaba la cámara de mi papá y pasábamos horas fingiendo ser héroes, villanos, presentadores de noticias o cantantes en un video musical. No sabía a qué se dedicaba la gente grande que hacía eso (según yo solo podías elegir entre ser maestra, veterinaria o astronauta) pero eso quería ser yo.
Con esa fijación en la cabeza, pasaron los años hasta que llegó prepa y el martirio de elegir una carrera. Para ese momento ya más o menos podía poner en palabras lo que quería ser: escritora. Y aunque ese concepto seguía siendo bastante vago en mi cabeza, 3 internships, varios meltdowns y una carrera de comunicación después, por fin estaba logrando eso que tanto quería a los 10 años. Me gradué y empecé a escribir para una revista.
Al principio todo era emoción. Me encantaba ver mi nombre publicado, me encantaba decir que era escritora, me encantaba escribir de sol a sol. No importaba si me pagaban $2 o $1000 pesos, estaba escribiendo y eso es lo único que importaba. Hasta que empezaron a importar varias cosas más.


La vida adulta me alcanzó y la escritura dejó de ser algo que hacía por el mero gusto de hacerlo. La escritura se convirtió en la forma de pagar la renta, la mensualidad de mi coche, o una ida al doctor. Poco a poco el encanto de ser “escritora” empezó a diluirse hasta que, por un momento, olvidé que por años era lo único que soñaba hacer.
“¿Qué estás escribiendo ahorita?”, me preguntó un amigo hace unos meses. “Nada, no estoy escribiendo nada” le contesté. Como si mi trabajo no fuera, literalmente, escribir. En cuanto salieron esas palabras de mi boca lo supe. Mi trabajo y mi escritura se habían mimetizando tanto que había perdido la capacidad de distinguirlos. Necesitaba recordar que, de hecho, me encanta escribir, que tenía la fortuna de que me pagaran por hacerlo y de que en realidad no me gustaría estar haciendo nada más.
Que tu pasión se convierta en tu trabajo es una bendición, pero también puede ser algo muy complicado. ¿Dónde está esa línea entre escribir por gusto y por obligación? Con los años he aprendido que es tan delgada que muchas veces no voy a poder distinguirla. Que tengo que pausar y agradecer, pero que también tengo derecho a no querer escribir ni una frase por días. Y que todo eso, es parte de ser escritora.

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