Para las que quieren hacerlo todo, todo el tiempo…
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Para las que quieren hacerlo todo, todo el tiempo…

Tengo una lista mental que últimamente está tomando dimensiones preocupantes. Quiero vivir en más países. Viajar mucho más. Aprender a tocar el piano y el acordeón (sí, el acordeón), retomar mis clases de italiano, estudiar otra carrera, terminar todos los libros que compro más rápido de lo que puedo leer, meterme a un curso de panadería, escribir más, regresar a la fotografía y, ya que estamos, quizá entender más sobre vinos. Todo me interesa. Todo me da curiosidad. Todo me parece divertidísimo. Quiero hacerlo todo.

Lo curioso es que no siento que esto haya llegado con una edad específica ni con alguna crisis existencial perfectamente empaquetada. Me pasa desde siempre. Desde niña he tenido esta sensación de que no hay una sola versión de mí. Y durante mucho tiempo pensé que el problema era mi incapacidad para decidir o dejar de dejar todo “para después”: ¿por qué no puedo elegir una cosa y obsesionarme sanamente con ella durante treinta años como otros?

Resulta que quizá no se trata de indecisión.

Investigando encontré un concepto de psicología que me encantó: los possible selves, las versiones posibles de nosotros mismos que imaginamos para el futuro. Está la yo que ya habla italiano perfecto, la que vive en otros países, la que vuelve a estudiar, la que sabe tocar un instrumento y la que todavía no conozco y sigo descubriendo. Esas versiones no son solo fantasías; también pueden darle dirección a nuestros deseos y motivarnos a acercarnos a quien queremos ser.

También existe algo llamado apertura a la experiencia, un rasgo de personalidad muy relacionado con la curiosidad, el interés por ideas nuevas y la búsqueda de variedad. Cuando leí sobre eso pensé: ah, bueno, entonces quizá mi cerebro no está intentando arruinarme la agenda; simplemente se emociona muchísimo con la posibilidad de descubrir cosas.

Y esa palabra (expandirse) aparece en otra teoría que explica bastante bien esta sensación: la self-expansion. La idea, a grandes rasgos, es que buscamos ampliar nuestra noción de quiénes somos incorporando nuevas habilidades, experiencias y perspectivas. Tal vez por eso aprender italiano nunca es solamente aprender italiano. Es imaginar quién sería yo hablando italiano. Vivir en otro país no es cambiar de código postal: es conocer a una versión de mí que todavía no ha tenido oportunidad de existir.

El problema empieza cuando confundimos curiosidad con obligación. Porque una cosa es querer diez posibilidades y otra intentar meterlas todas en el calendario de aquí al martes. Ahí la emoción se convierte en ansiedad y esa lista preciosa de posibilidades empieza a parecer una lista de cosas que “ya debería haber hecho”.

Estoy intentando cambiar la estrategia. En lugar de decidir cuál de todas mis ganas merece sobrevivir, quiero darles turnos. Una cosa puede estar en modo proyecto, otra en modo juego y las demás pueden esperar sin que eso signifique renunciar a ellas. Este mes puedo volver al italiano; después puedo probar cuatro clases de acordeón y descubrir, sin drama, si de verdad me gusta o si solo me gustaba la idea de verme tocándolo. No todo interés tiene que convertirse en profesión, side hustle, diploma o identidad permanente.

De hecho, parte de la investigación reciente sobre curiosidad propone justamente pasar de una curiosidad impulsiva (ese “quiero hacerlo YA”) a una curiosidad más intencional: elegir qué preguntas, experiencias o habilidades queremos perseguir y darles espacio suficiente para convertirse en algo más que un impulso de tres días. (Porque también tengo expertise en abandonar rápido si algo no me emociona lo suficiente desde el primer momento)

¡Y ojo eh! Querer hacer muchas cosas no significa estar insatisfecha con mi vida. De hecho significa exactamente lo contrario. Me gusta tanto estar aquí que quiero descubrir cuánto más cabe. Probablemente nunca voy a hacer todo. Qué paz. Pero sí puedo seguir dejando espacio para convertirme, en alguien que todavía no conozco.

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