¿Substack es nuestro nuevo refugio para ideas que sí queremos leer?
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¿Substack es nuestro nuevo refugio para ideas que sí queremos leer?

Hace dos años descubrí una red social nueva, vibrante, llena de pensamientos de mujeres jóvenes. En ese momento pensé: esto es lo que tanto había estado buscando. Este es mi momento de hacer lo que realmente quiero: escribir. Escribir y leer cosas escritas por personas similares a mí, sin pretensiones, un lugar para crecer, para pensar. Ensayos honestos, vulnerabilidad, un mundo entero por explorar y conocer. Un nuevo universo al alcance de un solo clic.

Substack se presenta como una alternativa a Instagram y TikTok, donde no predominan las apariencias ni la estética visual, sino los pensamientos, las creencias, las ideas. A través de blogs tradicionales en formato de newsletter, ofrece una puerta para profundizar de manera consciente en lo que importa. Pero también es una red social: además de los ensayos largos, tiene una función de notas, una especie de tuits donde se comparten pensamientos de pasada y que, en mi experiencia, es de las mejores maneras de conectar con otras personas en la plataforma. Y, claro, también ofrece la opción de monetizar tu contenido a través de suscripciones, aunque ponerle precio a las palabras es un lujo que solo las creadoras con audiencias grandes se pueden dar.  

A pesar de que nació en 2017, no fue hasta 2024 que tomó fuerza entre el público angloparlante. Cuando me uní, prácticamente todo lo que había para leer era en inglés. Eso estaba bien, pero me orilló a dejarla un poco de lado, esperando el momento en que existieran personas más similares a mí en ella. Honestamente, tampoco la entendía bien al principio, y cómo funciona su algoritmo hasta la fecha sigue siendo un misterio para mí. El año pasado se popularizó entre las creadoras de contenido en español. Y honestamente, ya era hora.

Substack tiene una propuesta fresca, casi cruda, y nos brinda la oportunidad de dar a conocer nuestra voz con profundidad. Su existencia representa la posibilidad de escribir sin filtros, sin editar, de una manera que no sería sencilla en un medio tradicional. Abre, además, esa puerta para que puedas encontrar a las personas que también te están buscando. Pero dos años después de unirme, sigo ahí y empiezo a ver las costuras.  

He observado tres dinámicas: el performance intelectual, la explotación de la intimidad para monetizar, y el impacto que tiene someter tus ideas, tus miedos y tus sueños a una evaluación basada en métricas de engagement. Substack no deja de ser una red social, y una manera de monetizar tu trabajo como escritora.

Reproduce dinámicas viejas con piel nueva. Aquí el objetivo no es presumir un estilo de vida, pero existe otro tipo de performance que no deja de ser eso: una imagen curada para mostrar al mundo. Hay una necesidad innegable por demostrar que eres una intelectual, pero una de a de veras, no otra más del montón. Que tienes ideas nuevas. Que eres profunda, reflexiva. Que tienes conciencia de todo, que lees mucho. Hay una presión por tener una voz única, por decir lo que nadie más ha dicho.

Ese performance se extiende a todo lo que implica formar parte de este club intelectual. Cuando la plataforma integró la opción de subir videos, muchas usuarias se opusieron: argumentaban que Substack no era un lugar para ver videos, sino únicamente para leer y escribir. También he visto notas quejándose del uso de imágenes en ellas, como si aquí eso no se pudiera, como si fuera puro lápiz y papel, y para subir fotos hubiera que dirigirse a Instagram.

Cuando te enfrentas a esta presión por mostrarte distinta, especial, iluminada —por hablar de lo que nadie más se atreve a nombrar— también te topas con la sensación de estar compartiendo de más. Quizás cosas que aún no estás lista para poner ahí afuera, quizás cosas que no sabías que aún dolían. De pronto te encuentras cuestionando qué tan necesario es exponer tu intimidad, vulnerarte una vez más en internet con la esperanza de que ahora sí sobresalga tu nueva pieza. 

Estás, a veces literalmente, poniéndole precio a tus vivencias. Yo misma me he encontrado en esa situación, ponderando si tener un Substack titulado el paso por la tierra justifica que cuente literalmente todo lo que implica mi paso por la tierra. La respuesta, a veces, es no. No todo está hecho para compartirse, ni siquiera eso que intuyes que podría generar más interacciones.

A esto se suma el peso de las métricas. Como en todas las redes sociales, hay un impacto innegable en los números: no deja de ser un desempeño medible. Solo que aquí a lo que le pones valor es a tus pensamientos más profundos, a tus experiencias, a tus sentimientos. Empiezas a escribir distinto cuando sabes que alguien lleva la cuenta. Y me pregunto, ¿qué tan sana es realmente esa dinámica?

La verdad es que no tengo todas las respuestas. A pesar de las costuras que voy notando, y en las que a veces caigo, Substack sigue siendo la red social en la que mayor valor he encontrado en los últimos años. Un espacio que me ha permitido compartir otra parte de mí y seguir haciendo lo que más me gusta, con todas las contradicciones que eso implica.  

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