Sobre la necesidad de compartirlo todo y aprender a disfrutar las cosas sin tener que enseñarlas.
Últimamente he pensado mucho en nuestra necesidad de compartir. No compartir en el sentido bonito de la palabra, como partir un pedacito de pastel con alguien o contarle un secreto a una amiga, sino en esta necesidad medio absurda de documentar nuestra existencia. De hacerle saber al mundo que estuvimos ahí, que comimos eso, que fuimos a ese lugar, que tenemos amigos cool, que nos pasan cosas increíbles y que, en general, nuestra vida es lo máximo. Y digo nuestra porque yo he sido la primera en caer en eso.
Hubo un momento en el que me di cuenta de que, a veces, no estaba buscando experiencias por el simple hecho de vivirlas, sino por la posibilidad de compartirlas. No era algo que hiciera conscientemente, pero ahí estaba. Elegir un lugar porque se veía increíble en fotos, querer ir a cierto evento porque sabía que iba a salir una buena historia, o sentir esa pequeña satisfacción de subir algo y pensar que alguien, en algún lugar, iba a verlo y decir: “Ay, wow, Lena es lo máximo”. Lo irónico es que ni tantos followers tengo, pero bueno. Aparentemente eso no importaba, porque en mi cabeza existía una audiencia imaginaria a la que tenía que demostrarle constantemente que mi vida era interesante. Como si estuviera armando una colección de pruebas de que estaba haciendo cosas cool, de que tenía buen gusto, de que me divertía, de que era alguien que valía la pena mirar.
Y entonces me cayó el veinte de algo tan liberador como un poquito humillante: a nadie le importa tanto mi vida como yo creía. Y no lo digo desde un lugar triste, sino todo lo contrario. Me parece una de las cosas más maravillosas. Porque, si lo pensamos, todos estamos demasiado ocupados con nuestras propias vidas como para prestar tanta atención a las de los demás. Esa foto que tardaste veinte minutos en elegir probablemente alguien la vio durante dos segundos antes de darle swipe. Esa historia que subiste esperando cierta reacción desapareció entre otras cincuenta. Y esa persona a la que querías impresionar probablemente ni siquiera la vio. Hay algo bastante absurdo en la cantidad de energía que dedicamos a construir una imagen de nosotros mismos que, en realidad, nadie está analizando con tanto detalle.


Me pregunto en qué momento dejamos de vivir las cosas para empezar a producir evidencia de que las vivimos. Porque hay una diferencia enorme entre querer compartir algo y necesitar que los demás sepan que sucedió. La primera nace del entusiasmo; la segunda, muchas veces, de la inseguridad. Una dice: “Esto me hizo feliz y quiero enseñártelo”. La otra pregunta: “¿Ya viste lo increíble que es mi vida? ¿Ya viste lo increíble que soy?”. Y aunque desde afuera ambas se vean exactamente iguales, por dentro se sienten completamente distintas. Creo que las redes sociales nos han acostumbrado a pensar que una experiencia vale más cuando alguien más la ve. Como si un atardecer necesitara testigos digitales, como si un viaje fuera menos divertido si nadie supiera que fuimos o como si la vida, por sí sola, ya no fuera suficiente. Y eso me parece un poco triste. No porque compartir sea malo, sino porque a veces se nos olvida disfrutar las cosas sin pensar en cómo se van a ver desde afuera.
Hace un tiempo empecé a cambiar mi relación con lo que publico. No fue una decisión dramática ni una transformación espiritual. Simplemente comencé a preguntarme por qué quería subir ciertas cosas. ¿Porque genuinamente me gustaban? ¿Porque me emocionaba enseñarlas? ¿O porque quería que alguien en específico las viera? Y descubrí que, cuando dejaba de intentar demostrar algo, compartir volvía a ser divertido. Ahora hay días en los que subo veinte historias porque algo me emociona muchísimo y otros en los que no comparto absolutamente nada. Hay fotos que me encantan y que se quedan en mi galería. Hay cenas, viajes, fiestas y momentos que no necesitan convertirse en contenido para haber valido la pena. Y, curiosamente, cuando dejas de pensar en cómo se va a ver tu vida desde afuera, empiezas a disfrutar mucho más cómo se siente desde adentro.
Tampoco voy a fingir que ya tengo una relación súper sana con las redes sociales. Me han dado varias crisis de querer desaparecer de Instagram, borrar todas mis cuentas e irme a vivir a una casita amish en medio de la nada, sin internet, sin notificaciones y sin tener que enterarme de lo que está haciendo absolutamente nadie. La realidad es que soy adicta. Me gusta ver qué hace la gente, encontrar cosas bonitas, descubrir artistas, guardar referencias, mandar memes y, sí, también me gusta compartir pedacitos de mi vida. Me gusta el internet y todo lo raro, creativo y divertido que existe ahí. Y creo que por eso mismo no quiero dejarlo, sino aprender a usarlo de otra manera. Porque tal vez el problema nunca fue compartir, sino la intención detrás de hacerlo. Esa necesidad de sentir que lo que hacemos tiene que ser visto para que de alguna manera cuente.
A mí lo que me funciona es desaparecer por temporadas. Tener mis pequeños detox digitales. Dejar de publicar, dejar de revisar quién vio mis historias, dejar de estar tan pendiente de lo que hace todo el mundo. Salir a caminar, leer, aburrirme, platicar con alguien sin tener el teléfono en la mano. Básicamente, acordarme de que tengo una vida fuera de Instagram. Y cada vez que hago esto me doy cuenta de lo fácil que es perder la noción de la realidad cuando pasamos tanto tiempo viendo pedacitos de la vida de los demás. Porque tampoco creo que todo lo que vemos en redes sea falso. La gente sí fue a esos lugares, sí se puso esa ropa, sí tuvo esa cena increíble. Lo que no es real es pensar que esos pequeños momentos representan toda su vida. Nadie publica las ocho horas que estuvo tirado en su cama sin hacer nada, las peleas con su pareja o los días en los que simplemente no pasa nada. Y aun así, nos la pasamos comparando nuestra vida completa con los mejores cinco segundos de la de alguien más.
Creo que también deberíamos aceptar que no tenemos que ser interesantes todo el tiempo. Que está bien tener días aburridos, planes normales y momentos que no tienen absolutamente nada de especial. Que podemos ir a un restaurante increíble sin subir una foto, ponernos un outfit que nos encanta sin que nadie lo vea o pasarla increíble un fin de semana sin tener que hacer un resumen el domingo por la noche. No todo tiene que convertirse en una historia, no todo necesita una audiencia y no todo tiene que demostrar algo sobre quiénes somos. A veces pienso que hay algo muy bonito en hacer cosas que nadie más va a saber que hicimos. En disfrutar algo sin imaginar cómo lo contaríamos después. En tener momentos que sean solamente nuestros.
No creo que la solución sea desaparecer de internet para siempre. Al menos yo no estoy lista y probablemente nunca lo esté. Pero sí creo que podemos aprender a compartir desde un lugar más consciente, menos preocupado por lo que piensen los demás y mucho más nuestro. Subir algo porque nos gusta, no porque queremos gustar. Y entender que no pasa nada si nadie lo ve, si nadie reacciona o si a nadie le interesa tanto como a nosotros.
Porque al final, a nadie le importa tanto tu vida como tú crees. Y qué bueno, porque eso significa que puedes hacer lo que quieras con ella.
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