Quebec en invierno: la ruta que ya deberías estar agendandoCrédito: Instagram @amelie.hne
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Quebec en invierno: la ruta que ya deberías estar agendando

Diez noches para cambiar las escaleras de caracol y los mejores bagels de Montreal por un trineo de perros, un chalet de troncos y un spa que es básicamente un Disney de wellness: así se arma la ruta de invierno por la región de Quebec.

En algún momento de este viaje terminé con una fondue individual humeando frente a una chimenea al aire libre mientras nevaba, cobija incluida, porque hasta las escenas de cuento necesitan resolver dónde sentarte sin congelarte. Esto fue en Sentier des cimes, en las Laurentidas (más adelante cuento cómo llegar), pero todavía pienso en ese picnic. Yo, que amo esquiar y habría pasado mucho más tiempo en la montaña, estaba perfectamente feliz haciendo esto.

Y así se fue llenando el viaje: trineo de perros, un spa en Chelsea donde quería probarlo todo, una cena por la que todavía regresaría y Montreal, donde desde el primer paseo ya iba armando una lista mental de cafés, tiendas y spots para volver (¿por qué nadie me había contado lo iconic que es esta ciudad?). Con los mejores bagels del mundo (son tema serio aquí), hotspots foodie, safari invernal, “steak frites, s’il vous plaît”, una cabaña en medio de la nada y hasta un ski valet, ¿cómo esperan que escoja un solo tipo de vacaciones después de esto?

El recorrido empieza en Montreal y sigue por las Laurentidas, con un lago congelado, un paseo por encima de los árboles y la montaña de Mont-Tremblant. Después vienen Montebello y Chelsea, en la región de Outaouais, para pasar unos días de cabaña, buena comida y spa. Lo hice en febrero y, si estás pensando en viajar este invierno, al final dejo cómo repartiría las noches para hacerlo con calma.

Vamos por paradas.

Montreal: pagaría otro viaje solo para conocerla mejor

Llegué en un vuelo directo de Air Canada desde la CDMX y les escribí a mis amigas lo emocionada que estaba: Montreal tiene algo del cool helado de Chicago, con mezcla europea y muchísimos lugares que dan ganas de conocer (ve con el storage libre, vas a tomar muchas fotos). Fue mi gran descubrimiento del viaje, lo primero de lo que hablé cuando regresé.

Esa mezcla europea se nota en la arquitectura: me quedé en Hôtel Gault, en el casco antiguo, una fachada histórica con interior moderno, diseño y carácter. El mismo contraste se repite en el Vieux-Montréal, que alguna vez fue el Wall Street de Canadá: los bancos de la rue Saint-Jacques competían tanto en dinero como en arquitectura, y hoy son cafés y coworkings, como Crew Collective & Café, dentro del antiguo Royal Bank (home-office goals).

Y te lo advertí: tomarás demasiadas fotos de Habitat 67, esos departamentos en bloques apilados, diseñados por Moshe Safdie para la Expo 67 (que dejó muchas joyas de diseño en la ciudad). El proyecto proponía otra forma de vivir, con terrazas y espacios abiertos.

Y sí, con nieve se ve espectacular, y hace un frío que cala. Pero eso no impide que veas a la gente un martes casual patinando en Parc La Fontaine, a unas calles de esas casas con escaleras de caracol por fuera que parecen sacadas de Hotel Transilvania, y a otros haciendo esquí de fondo en Mount Royal (en lugar de sacar a tu perro a caminar y ya, te llevas los esquís).

Desde el segundo uno había una prioridad: probar los bagels. Montreal tiene toda una rivalidad con Nueva York por ellos, y entendí por qué: el de aquí es más pequeño, denso y ligeramente dulce, bien distinto al neoyorquino. La institución es St-Viateur, donde los hacen a mano, los pasan por agua con miel y los hornean con leña, en sabores que van de romero con sal de mar a canela con pasas.

Para la noche, apunta Le Mignon Steak Vieux-Montréal: un bistró íntimo, con ese aire francés que también aparece en las panaderías y fachadas de la zona, calles iluminadas que parecen de cuento (solo falta que aparezca Lindsay Lohan a filmar su siguiente película de Netflix navideña). De ahí me fui directo a Igloofest, en el Old Port, a bailar con mi outfit de esquí, goggles y botas (checa el lineup y haz coincidir tus fechas). Para otra noche, Monarque es otra cena memorable que también se queda en mi lista para volver. A Montreal honestamente le daría varios días: me quedaron cafés, barrios, tiendas y restaurantes pendientes. Intentar conocerla toda en una tarde habría sido bastante optimista de mi parte.

Las Laurentidas: tu cuento de invierno sí existe

La siguiente escala es Auberge du Lac Morency, en Saint-Hippolyte. Un hotel sencillo frente al lago que se congela en invierno y ese es el highlight: actividades que para los locales forman parte del invierno y que para ti son una primera vez. No, no le temas al hockey, ni al tubing… worth the laugh.

Esta escala entra al itinerario porque conecta con Aventures Plein Air, el paseo en trineo de perros. Sí, como lo imaginas: el bosque nevado, los perros, el sled de madera y la cobija de patrón leñador… me cuesta imaginar que alguien se baje sin una sonrisa.

Según como lo reserves, puedes ir como pasajera o aprender a conducir con sus indicaciones. Hay opciones en las que el guía (se conoce como “musher”) se encarga de los tramos más exigentes y tú pruebas en los más suaves; consulta las condiciones y el equipo incluido al elegir el paseo. Embracing your most outdoorsy self.

Más adelante, en Mont-Blanc, está Sentier des cimes Laurentides, el bosque del picnic que te conté al principio: senderos, estanques y una pasarela de madera que te lleva hasta una torre panorámica de 40 metros, con Chez Émile a medio camino para hacer una pausa. La subida es gradual, así que no te intimides con la caminata. Desde arriba ves las montañas de las Laurentidas, incluido Mont-Tremblant, y hay una red suspendida donde puedes acostarte a mirar el vacío debajo de ti: muy bosque encantado, con su pequeña prueba de confianza al final.

A veces hay conciertos al atardecer, pero lo seguro es Lumagica: a partir de este invierno 2026-2027, de noche el sendero se enciende con instalaciones de luz.

Mont-Tremblant: ski stop

Todavía en las Laurentidas, llega la parada de esquí: Mont-Tremblant. En Fairmont Tremblant puedes despertarte viendo las pistas nevadas y, si amas esquiar, entenderás lo increíble que es tenerlas así de cerca.

El hotel es ski-in/ski-out. Sí, con un ski valet que seca, guarda y te entrega el equipo listo cada mañana (si de plano no quieres cargar ni tus esquís, hay un ski butler que te los lleva hasta el cuarto). Te pones las botas dentro del hotel, recoges tu equipo y sales a las pistas; para mí, eso se acerca bastante a heaven on earth. La renta, las clases y los pases se gestionan por separado; conviene organizarlos al reservar.

Y aunque vayas con la cabeza puesta en las pistas, también puedes cambiar de plan con una excursión en raquetas de nieve: llegas a una cascada congelada y terminas junto a una pequeña fogata que prepara el guía, marshmallows incluidos. Es una actividad outdoors que te saca de la rutina de despertarte, esquiar, comer, repeat.

El pueblo también merece sus paseos sin prisa y seguro paras en lugarcitos por unas crepas (en La Maison de la Crêpe) o una tire d’érable, ese dulce de maple que se prepara sobre la nieve. Ya sé, siempre pensando en comida, pero los carbs no cuentan si hay nieve, es ley.

En fin, Tremblant funciona muy bien si viajas con alguien que tenga otras prioridades. Yo me habría quedado varios días más en las pistas, pero la siguiente parada tenía una cabaña con nombre de castillo esperándome.

La siguiente parada: una cabaña enorme llamada Château Montebello

Hot chocolate frente a una chimenea gigantesca y un elevador antiguo que da vibes de Titanic. En Fairmont Le Château Montebello definitivamente me faltó tiempo. La chimenea central es hexagonal, sube más de veinte metros por los tres pisos de la rotonda y reparte seis salas alrededor del fuego, cada grupo sin idea de que existen las otras cinco: literal, el corazón del hotel.

Fairmont lo presenta como la cabaña de troncos más grande del mundo: se levantó en 1930, en apenas cuatro meses, con unos 10 mil troncos de cedro rojo de Columbia Británica. Durante cuarenta años fue la sede del Seigniory Club, un club privado con fiestas y grandes bailes; abrió al público como hotel en 1970. Ese aire de club antiguo, de ir a ver y dejarse ver, le viene de origen: por momentos parece escenografía, pero lleva ahí casi un siglo.

Aquí aprendí a jugar curling, y hay esquí de fondo y fat bike si quieres estar afuera. Yo le daría dos noches: una para el hotel, otra para Parc Oméga, que está cerca.

La llegada a Parc Oméga es un gran momento: venados de cola blanca y wapitíes se acercan a las ventanas del coche para comer zanahorias, tu momento más Blancanieves. Es un safari invernal de unos 12 kilómetros dentro de un parque de fauna, con zonas preparadas para los distintos animales. También vi bisontes, cuya escala solo entiendes cuando los tienes enfrente, y cabras de las Rocosas sobre las piedras de su recinto (no te preocupes, los bisontes no se acercan a tu coche y las mountain goats solo trepan su montaña).

No todo lo ves desde el coche: en el lunch del restaurante OmegaBon, los zorros árticos siguen del otro lado de la ventana, y hasta pude ver un oso hibernando a través del vidrio. Es surreal comer a su altura mientras él descansa justo ahí.

Chelsea: ven con hambre y guarda tiempo para el spa

Chelsea está también en Outaouais, cerca de Ottawa, y tiene dos lugares que por sí solos me darían ganas de regresar: Les Fougères y Nordik Spa Village. Sí, aquí viene el spa que te prometí.

Les Fougères lleva más de tres décadas siendo una de las mesas más queridas del Outaouais: cocina de temporada, farm-to-table, con ventanales enormes que dan directo al bosque y al jardín en las colinas de Gatineau. Ha pasado por manos de chefs premiados, incluidos campeones culinarios canadienses, y sigue apareciendo en la lista de los 100 mejores restaurantes de Canadá.

Aquí comí el mejor pato de mi vida y probé helado de espino amarillo y ruibarbo: el mejor combo con tu scoop de fresa. Combinación de sabores, aquí saben como conjugar ese arte sencillo, cuidado y cero pretencioso. Abrió en 1993 y su carta cambia con las temporadas: ve con ganas de descubrir qué están cocinando en ese momento. Tiene además una tienda con productos para llevarte a casa. Yo compré un aderezo.

Después está Nordik, el spa donde vas a querer probarlo todo. Hay saunas, baños de vapor, hot tubs, agua fría para tu cold plunge (no hay excusa) y espacios para descansar al aire libre. Vas descubriendo las opciones a tu ritmo, con esa curiosidad de entrar al siguiente lugar para ver qué hay.

Puedes dedicarle el día entero, ir a tu ritmo (nuevo bachelorette goal con amigas desbloqueado) y probar el rituales especiales como el de Aufguss en los saunas (algunas personas salían antes por el calor, así que me consta la intensidad de purificación). No se permite usar el celular al entrar (y la verdad lo agradecerás). Hay que reservar el acceso; yo dejaría una tarde amplia, como mínimo.

Una última parada en Gatineau

Gatineau puede entrar como una parada breve de sightseeing antes del regreso. Es la ciudad de Quebec que está frente a Ottawa, al otro lado del río. Desde los alrededores del Canadian Museum of History tienes vistas hacia Parliament Hill, y el propio museo merece que te detengas a mirar: lo diseñó Douglas Cardinal, con formas curvas inspiradas en el paisaje. Mi visita fue por fuera y la arquitectura bastó para dejarme con ganas de entrar.

Cómo organizar tu viaje a Quebec en invierno

¿Cómo repartir las noches? Para hacer el recorrido con calma, propondría diez noches, que puedes distribuir según tu plan:

  • Tres en Montreal, para caminar, comer y conocer la ciudad.
  • Una en Lac Morency, para patinar y hacer el paseo en trineo de perros.
  • Dos en Mont-Tremblant, con una parada en Sentier des cimes antes de llegar.
  • Dos en Montebello, para disfrutar del hotel y visitar Parc Oméga.
  • Dos en Chelsea, con tiempo para Les Fougères y el spa.

Si quieres unas vacaciones de esquí, suma noches en Tremblant; si te quedaste con ganas de conocer más de Montreal, guárdalas para la ciudad.

¿Cómo moverte? Para llegar volé directo con Air Canada desde la Ciudad de México hasta Montreal (YUL, su hub para Europa): wifi gratis. vino y botanas sin costo en Economy, para ir calentando motores. En Montreal hice todo a pie; también tienes el metro (cash o tarjeta en las estaciones; en el camión, solo cash y exacto; si vas de paso, pide el boleto sencillo de papel y sáltate los 6 dólares de la tarjeta OPUS). Para el resto de la ruta organizaría un coche o traslados privados. Como referencia, Montreal–Lac Morency toma alrededor de una hora; Montebello–Chelsea, algo más de una hora; y Gatineau–Montreal, unas dos horas y veinte minutos. Son estimaciones generales: deja margen por nieve, tráfico y paradas, especialmente antes del vuelo de regreso.

¿Qué llevar para el frío? Ropa térmica, una buena estrategia de capas y botas para la nieve. También puedes rentar el equipo: en mi viaje lo resolví con Émilie Pelletier, de Tuque & bicycle expériences. Su servicio incluye chamarra, pantalón, botas y accesorios. Las tallas, la entrega y la devolución se acuerdan antes del viaje. Y claro, traje de baño, ese sí llévalo tú, no queremos que te pierdas Nordik.

¿Cuándo ir? Para un viaje como este, empieza contemplando enero y febrero. Las actividades sobre lagos y nieve dependen de las condiciones de cada temporada. Si quieres sumar Igloofest, la edición de 2027 está anunciada del 14 de enero al 6 de febrero. Después acomoda las reservas del spa y de Les Fougères, que actualmente sirve de miércoles a sábado, para que tu paso por Chelsea coincida con una comida o cena ahí.

Yo regresé hablando de Montreal y de todos los lugares que me faltaron, pero con el tiempo sigo pensando en aquel picnic mientras nevaba, en ese lago congelado y en cuándo podría volver a esquiar. El aderezo de Les Fougères me duró bastante menos: ese sí me lo acabé, raspando la botella, en mi cocina.

À la prochaine, Québec: el invierno que viene, prometido.

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