La mujer singular y la ciudad: sobre soledad, amistad y los 20s
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La mujer singular y la ciudad: sobre soledad, amistad y los 20s

Una de las razones por las que escribo, es para en algún punto voltear atrás y leer las reflexiones que hacía a mis 20s. Con suerte, algunos de los textos que escriba siendo joven e ilusa como lo soy ahora, me servirán para darme cuenta de lo que cambie o permanezca en mi vida. Quién sabe, a lo mejor termine escribiendo un libro con esos pequeños o grandes pensamientos que vayan surgiendo con los años. Si eso sucede, espero poder decir tanto en tan pocas palabras como Vivian Gornick en La mujer singular y la ciudad.

En este libro situado en Nuevo York (la ciudad), la autora (la mujer singular) nos comparte momentos de su vida que van formando un collage en donde la soledad, el feminismo, la amistad y el amor son unos de los principales protagonistas. En las calles de esta ciudad y en sus habitantes, podemos ver reflejados cachitos de la vida de Gornick que de una forma u otra invitan a una reflexión sobre los grandes temas de la vida que se encuentran en las situaciones más cotidianas.

Como si recorriéramos la ciudad con ella, la autora nos hace un recorrido por sus recuerdos. En cuanto al amor, por ejemplo, empezamos sentados en esa esquina en la que a la mayoría de las mujeres nos enseñan a sentarnos; en esa en la que esperamos hasta encontrar al gran amor que acomodará todo lo demás en nuestra vida. Claro está que cuando Gornick encuentra al supuesto susodicho, se da cuenta que encontrar “al indicado” no es el fin último en esta vida. Cuánto desgaste emocional nos ahorraría tener esto claro desde que tenemos como 15 años. También estaría padre que alguien nos advirtiera, como la autora, que “ser amado sexualmente es ser amado no por el yo real, sino por la capacidad de despertar el deseo en otro” (81)

Y así, si seguimos caminando por esta ciudad tan grande de la mano de la autora, podemos comprender que muchas personas caminan para no sentirse solas y que otras se sienten más solas que nunca. “La mayoría de gente está en Nueva York porque necesita muestras — en grandes cantidades — de expresividad humana; y no las necesitan de vez en cuando, sino todos los días” (133) Solo he estado en Nueva York una vez, pero creo que, aunque nunca hubiera ido, seguiría comprendiendo como experiencia propia lo que dice la autora y esa es una de las grandes virtudes del libro. Al tocar temas tan universales, no importa si estás ahí o en Ciudad de México, las reflexiones de La mujer singular y la ciudad van más allá de eso. Son experiencias humanas que aunque de diferente manera, todos compartimos.

Una ciudad no sería ciudad sin las personas que la habitan, y esto lo podemos ver claro en el libro. Caminando junto con Gornick pasamos varias veces junto al vagabundo que vive por su calle y es cada vez más ocurrente, nos encontramos con amores pasados y sobre todo con amigos. Amigos nuevos, amigos viejos, amigos que no veíamos hace años y otros que vemos cada semana. La autora tiene mucho que decir acerca de la amistad. A veces nos lo cuenta como anécdota, otras más como ensayo, pero siempre reflexionando acerca de la clase de amistad que tiene con ellos. Por mi parte, nunca había estado muy consciente de esto; hay amigos que sacan lo mejor de nosotros, otros que nos hacen sentir comprendidos. En otros casos, existen los amigos como Leonard, con quien empieza y acaba el libro; amigo al que siempre terminamos llamando para reconocernos en el otro.

Se podría decir que La mujer singular y la ciudad se trata de todo y de nada. Justo por esta razón, leerlo lo sentí como aire fresco. Las grandes historias no siempre son las más extravagantes o las que te sorprenden cada dos segundos. Algunas de las mejores transitan por lo cotidiano y nos recuerdan lo que nos une como humanos.

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