Los secretos que guarda mi app de notas
Estilo de vida

Los secretos que guarda mi app de notas

Después de días —y noches— intentando aterrizar un tema para esta columna, pasé por muchas ideas: malas, regulares, algunas casi buenas. Unas pedían demasiada investigación, otras demasiada introspección. Todas me llevaban al mismo punto: frustración. Supongo que cualquier mujer que crea (que trabaja creando) entiende este tipo de burnout que no para de exigir. Ese loop raro entre producir, pensar, diseñar, volver a producir. Un 9 to 6 donde tu materia prima es la idea misma: algo nuevo, algo bello, algo distinto. Dentro del privilegio de trabajar en lo que más amo… puede ser agotador y desmotivante.

Y, sin embargo, no quería dejar de escribir algo bello, que se sintiera auténtico. Me surgieron mil preguntas… entonces, ¿qué merece realmente ser dicho? ¿Qué es lo suficientemente importante para ser registrado, publicado, compartido? ¿Es buena la idea? ¿Le interesará a la gente? ¿Yo leería este artículo? En fin…

Ahí se cuela la trampa: el deseo de lo perfecto. El tema perfecto, la frase perfecta, la columna que suena inteligente, relevante, casi definitiva. Y chin, la realización de que no soy the voice of our generation, como diría Hannah. Ni soy Virginia Woolf. Ni Sylvia Plath. Ni Charlotte Brontë, ni mucho menos Jane Austen. Y tampoco pretendo serlo.

I’m just a girl.

En este pensar de los pensares… se me ocurrió algo: ¿y si cuento los secretos que habitan en mi app de notas? Sí. Creo que es muy curioso que en el mismo lugar pueda estar mi lista del súper —jitomate, cebolla, queso manchego, tortillas— al lado de un “Mamá, hay algo que he estado guardándome y…”. La yuxtaposición de lo absurdo y lo frugal con lo profundo y lo sensible me resultaba simpática, y muy humana. Un archivo abierto y un registro de todas esas ideas que surgen, conviven y van chocando.

Pienso también que…

Los artistas —en mayor o menor medida— están obsesionados con registrar. Con coleccionar. Con ordenar el mundo en pequeñas taxonomías personales. Estoy simplificando, pero pienso en Damien Hirst y sus medicamentos como autorretrato; en ese impulso casi compulsivo de acumular, clasificar, exhibir. O en Aby Warburg, cuya biblioteca no solo clasificaba libros, sino también su manera de entender el mundo: un mapa de su mente y la forma en la que relacionaba ideas. O Perla Krauze, con sus piedras volcánicas del Pedregal y flores que hablan de recuerdos y espacios. Un rizoma infinito. De ideas conectando ideas.

No sé si lo mío es tan sofisticado como las colecciones de aquellos grandes, pero creo que llevo años haciendo algo parecido. Solo que en versión Gen Z (lol): en mi app de notas. Y en lugar de coleccionar objetos, colecciono pensamientos y recuentos… ¿ideas?

Ideas sueltas. Frases a medias. Observaciones absurdas. Lírica bella. Poemas incompletos. Cartas de amor, cartas de odio. Mensajes manifestando mi desinterés, mi desconexión. Confesiones. Cosas que no diría en voz alta, pero que necesitaban tomar cuerpo y existir. Un archivo de cómo se relaciona mi mente con el mundo. Mis emociones en su formato más crudo. El potencial de algo que probablemente nunca será. Porque, seamos honestos, ¿cuándo volvemos a releer nuestras notes?

Quiero compartir que hace un par de semanas fui a comer con mi amigo Íñigo. No veo mucho a Íñigo, pero cuando lo veo, hablamos de sueños, de ideas, de metas y debrayamos, siempre intentando entender nuestras mentes. En ese mismo intento, nuestra conclusión fue hacer una especie de ruleta rusa: entrar a la app de notas y, con el dedo, scrollear de manera rápida entre los muchos borradores hasta gritar “PARA”. En el renglón donde el dedo parara… era la nota que el destino —o el azar— escogía. Y así, una confesión.

Yo tenía miedo jeje… ¿qué tal si le atinaba al poema de amor que escribí hace unos ayeres cuando me sentía sola? Pasamos horas y horas jugando ruleta rusa y, como niños, carcajeándonos de lo ridículos de nuestros pensares. Entre palabras profundas y fragmentos incompletos, nos estábamos conociendo más.

A lo que quiero llegar con esto es que hay algo muy lindo en la absurda rebeldía de escribir tu desastre en formato de pequeñas confesiones. Escritos que ni siquiera están gramaticalmente bien escritos y su esencia no lo requiere. Son honestos, son sencillos y son demasiado imperfectos.

Este registro bizarro, en sí, es una depicción de mi vida y en sí un registro de cambio. Mi forma de congelar el tiempo. Mi colección de ideas.

Quizá algo resuene contigo. Tal vez te den ganas de hacer lo mismo: documentar. Quizás no.

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