Cada febrero, la Ciudad de México se transforma. Las galerías se llenan, los museos extienden horarios y las invitaciones circulan como moneda social. Art Week ya no es solo una semana dedicada al arte: es un punto de encuentro, un escenario donde todos parecemos saber qué papel jugar. Vamos, miramos, brindamos, subimos historias. Y no está mal.
Detrás de nuestro contenido sobre Art Week…
Vestirse especialmente para estos días, planear rutas imposibles entre ferias y exposiciones, documentar cada parada en Instagram no responde únicamente a una necesidad estética o cultural, sino a algo más profundo: el deseo de pertenecer. De decir “yo también estuve ahí”. Estamos saturados de estímulos, por eso estar presente y probarlo, se ha vuelto casi tan importante como la experiencia en sí.
Pero quizá vale la pena detenernos un momento y preguntarnos desde dónde lo estamos haciendo. ¿Vamos porque genuinamente nos interesa lo que vemos o porque queremos que otros nos vean ahí? ¿Elegimos el outfit para expresarnos o para cumplir con una expectativa invisible? No hay vergüenza en admitir que, muchas veces, buscamos aprobación. Es profundamente humano.
Si la respuesta se inclina más hacia la apariencia que hacia el deseo propio, tal vez la solución no sea dejar de ir, sino cambiar la forma en que habitamos estos espacios. Ir a menos eventos pero recorrerlos con más calma. Subir menos historias y darnos el tiempo de permanecer un poco más frente a una obra que nos incomode o nos emocione. Vestirnos de una forma que se sienta auténtica y cercana a quienes somos, sin tanta presión por cumplir expectativas externas.
Los eventos culturales se han convertido en marcadores sociales que dicen quién eres y qué te interesa. Pero también pueden ser oportunidades para construir una relación más personal con el arte y con la ciudad. Nadie está exento de querer ser visto; la diferencia está en si esa mirada externa dirige la experiencia o sólo la acompaña.
Tal vez la pregunta no sea por qué mostramos que estuvimos ahí, sino qué estamos buscando al hacerlo. Validación, conexión, inspiración, comunidad. Y cuando la motivación nace más del interés que de la expectativa, algo cambia: dejamos de asistir para pertenecer y empezamos a pertenecer porque realmente estamos presentes.
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