Durante años estuve totalmente de acuerdo con la frase “amor de lejos es de pendejos”. Aunque nunca había tenido novio, me parecía una verdad universal. Para mí, una relación a distancia era innecesaria, sin sentido, condenada al fracaso. ¿Para qué complicarse la vida así? Hasta que me enamoré de alguien del otro lado del mundo.
Y no cualquier relación a distancia. México–Holanda. Sí, cruzar el Atlántico, cambiar de horario y aprender a calcular diferencias de seis, siete, ocho horas mentalmente.
Ahora, cada vez que alguien me pregunta si tengo novio y contestó que sí, que es holandés, siempre viene la siguiente pregunta obligatoria: “¿Y dónde vive?”. Cuando respondo que en Holanda, aparece esa expresión —mitad pánico, mitad lástima— que ya aprendí a reconocer. Puedo ver perfectamente el pensamiento cruzándoles la mente: “eso no va a durar”.
Lo que no saben es que llevamos tres años juntos. Y muy felices. No a pesar de la distancia. Sino, en muchos sentidos, gracias a ella.

¿Cómo acaba alguien en una relación a distancia?
En mi caso, empezó como algo temporal. Cuando conocí a Jochem, juré que iba a ser mi novio del intercambio. Esa historia intensa pero con fecha de caducidad. Y justo porque el tiempo estaba contado, lo disfrutamos más. No había presión, no había grandes planes a futuro, no había etiquetas pesadas, porque yo regresaría a México en unos meses. Famous last words.
Pero aquí viene la parte que nadie te cuenta.
Las idas y venidas, el tiempo limitado, el saber que cada visita tiene fecha de regreso hizo que nuestra relación nunca cayera en piloto automático. Ese “honeymoon phase” que muchas parejas dicen que se acaba a los tres meses, a nosotros nos duró un año. Y honestamente, tres años después, sigue existiendo en muchas formas.
Claro que la relación ha madurado. Hemos crecido, hemos tenido conversaciones difíciles, hemos hecho planes reales. Pero la distancia hizo que lo cotidiano nunca se volviera aburrido. Ir por un café juntos en la Ciudad de México no es rutina: es un privilegio. Ver una serie tirados en el sillón se siente casi irreal. Lo que para muchas parejas es normal, para nosotros es extraordinario.
Y cuando sí hemos coincidido vivir en la misma ciudad, nunca lo damos por hecho. Sabemos lo que es estar separados. Sabemos lo que pesa el “nos vemos en dos meses”. Entonces estar juntos nunca se vuelve aburrido, nunca se vuelve automático. Siempre se siente como un regalo. Y en gran parte, creo que eso es lo que ha hecho que la relación dure tanto.

Mi relación a distancia me ha permitido vivir mis 20s
Todas hemos visto como la amiga que era el alma de la fiesta, la que nunca decía que no a un plan, empieza una relación y poco a poco desaparece. Ya no sale tanto. Ya no viaja si no es con su novio. Solo la ves en tu cumpleaños (y se va temprano). Y cualquier plan donde él no esté incluido automáticamente pierde atractivo.
No las estoy juzgando. Quién sabe, tal vez si mi novio viviera en México yo también sería así. Pero cuando tu novio vive a 9,200 kilómetros de distancia, simplemente no puede convertirse en tu vida entera.
Conocí a mi novio a los 22. Hoy tengo 25. Y sí, he pasado gran parte de mis 20s en una relación. Pero eso no me ha quitado absolutamente nada. No he faltado a un solo plan. No he dejado de viajar. No he dejado de salir con mis mejores amigas hasta las 4 a.m.
Ni medio arrepentimiento. Ni medio gramo de FOMO. He tenido, honestamente, the best of both worlds.
Y tal vez esa es la parte más inesperada de todo esto: estar en una relación a distancia me ha obligado a vivir mis 20s completos, aunque a veces sea difícil y lo único que quiera sea quedarme en mi casa con mi novio.
Ha hecho mi mundo mucho más grande
No quiero pintarte todo como un cuento perfecto porque por algo las relaciones a distancia tienen mala fama. Sí son difíciles. Es extrañar constantemente. Es gastar todos tus ahorros en vuelos. Es sentir a veces que tu novio es casi un invento de tu imaginación. Y claro que habrá momentos en los que te digas a ti misma “quién te manda a enamorarte de un extranjero”.

Pero que el problema más grande de mi relación sea extrañar demasiado a mi novio no suena tan grave cuando lo pongo en perspectiva. Viajar al otro lado del mundo para conocer la ciudad en la que creció. Aprender otro idioma. Estar en un baresito en verano, rodeada de extranjeros que jamás hubiera conocido si no fuera por él. Probar comida hecha en casa, de esa que no encuentras en ningún restaurante. Que una familia random de Holanda se convierta en tu familia también. Eso no suena nada mal.
Antes de conocer a Jochem, tenía una idea muy ingenua de cómo sería mi vida: un novio que le cae increíble a mi mamá (aunque a mí no tanto), casarme a los 25, vivir en la misma calle que mis papás y tener hijos a los 28. Conocerlo fue un reality check. Me hizo darme cuenta de que quiero viajar, que me falta muchísimo mundo por ver y personas por conocer. Mi mundo pasó de ser una burbuja a abrirse por completo.
Y si el precio de eso es extrañarlo, no verlo todos los días y contar los meses para el siguiente vuelo, lo acepto.
Explora más en: Instyle.mx












