Tomé el último autobús.
Había pasado una hora parada en la entrada del hotel, con el abrigo puesto y la llave en la mano, dándole vueltas a lo mismo: si salía, perdía la noche con el equipo. Si me quedaba, perdía a los amigos que acabábamos de conocer. Si iba al bar, tal vez no valía la pena. Si no iba, lo iba a estar pensando el resto del viaje. Al final alguien me dijo ya, hazlo, y salí corriendo.
Así es mi cabeza.
Sylvia Plath lo escribió antes de que yo naciera y hasta la fecha nadie ha escrito algo que se sienta más actual en mi vida: la figura de una mujer sentada en las ramas de un árbol, mirando los higos, muriéndose de hambre. Cada higo es una vida posible. Una es escritora, otra es profesora, otra es madre, otra es algo que todavía no tiene nombre. Y mientras decide cuál quiere, todos se pudren y caen al suelo.
Eso soy yo parada en la entrada del hotel. Eso soy yo frente al mail que llegó hace tres días y que todavía no contesté, porque siento que lo que escriba va a quedar grabado para siempre y necesito que sea perfecto. Eso soy yo a los veinte, a los veintisiete, probablemente a los cuarenta.
Lo que me cuesta no es elegir mal. Es que mientras estoy eligiendo, el tiempo pasa de todas formas. Y los higos no esperan.
Oscar Wilde dijo que si sabes lo que quieres ser, ese es tu castigo. La primera vez que lo leí lo sentí como una amenaza. Pero últimamente lo pienso distinto — y casi me da paz.
Porque si el castigo es saber, entonces no saber todavía no es un fracaso. Es una puerta que sigue abierta. Plath me dice que hay que escoger un higo antes de que se pudran todos. Wilde me dice que escoger uno es el inicio de tu condena. Y yo, en algún punto entre los dos, sigo parada debajo del árbol.
Pero a veces pienso: ¿y si no tengo que escoger uno? ¿Y si puedo probarlos todos, aunque algunos sepan mal, aunque algunos me dejen con hambre, aunque ninguno resulte ser exactamente el que imaginé? Quizás eso es lo que quería decir Wilde — que el privilegio de no saber todavía es que todavía puedes probarlo todo.
No sé si eso es madurez o medio autoengaño. Probablemente las dos.

Desde chica tengo esos momentos de quedarme viendo un punto fijo — en la pared, en algún espacio del cuarto, en la nada. Para mí es completamente normal. Al crecer me di cuenta de que hay gente que no lo hace y que no sabe de qué estoy hablando. Hay quienes lo entienden de inmediato, pero hay quienes te miran como si acabaras de confesar algo raro.
Obviamente lo investigué, porque así soy — no puedo dejarlo sin respuesta. Y resulta que tiene nombre: perceptual decoupling, o desacoplamiento perceptual. Pasa cuando tienes un cerebro que va a mil por hora y en algún momento el sistema pide pausa. Se desconecta de los estímulos externos para ordenar, para respirar, para no colapsar. Es el único momento en que no estoy pensando en nada, y es absolutamente delicioso.
En la escuela tenía un amigo que sí lo entendía. Teníamos este chiste entre nosotros: que nada en la vida es tan molesto como que alguien te interrumpa justo en ese momento. ¿Qué haces? Nada. Literalmente nada. Por favor no lo arruines.
El que más me conoce me pregunta lo mismo. Y yo no tengo cómo explicarlo mejor: no hago nada, no pienso en nada, no necesito nada. Solo déjame estar aquí un momento. Es gratis y es lo mejor del día.
Una amiga me dijo hace poco que quería probar una clase de ejercicio nueva pero no se animaba. Que qué tal que todos llegaran con años de experiencia y ella no. Que cómo iba a entrar, qué iba a decir, qué pasaba si se veía perdida. No la juzgué ni un segundo — la entendí perfectamente, porque es exactamente lo que me pasa a mí en cualquier cuarto nuevo.
Y es curioso, porque en esos momentos en que estás tan metida en cómo te ves, en si el approach fue bien, en si dijiste algo raro — se te olvida el nombre de la persona que te acaban de presentar hace dos segundos. Dos segundos. Puedo recitar de memoria todas las líneas de una película que vi hace diez años, puedo cantarme un álbum completo de principio a fin, pero el nombre que me dijeron antes del handshake desaparece antes de que termine.
Leí algo que se me quedó grabado: que en cualquier cuarto, en cualquier clase, en cualquier bar, cada persona está tan ocupada pensando en la impresión que da que al final nadie está viendo a nadie. Todos somos el invisible guest de la misma fiesta.
Lo que me parece oscuro — y que no quiero que me pase — es que en ese estado no solo me vuelvo invisible yo. Los demás también se vuelven invisibles para mí. Y eso sí me parece una pérdida real.
Nunca quise ser gimnasta. Pero me pone triste saber que ya no puedo serlo.
No es lo mismo que un sueño incumplido — eso lo entiendo diferente, creo que para los sueños no hay edad. Esto es otra cosa, más rara y más difícil de nombrar: es el duelo por las posibilidades que ya se fueron. No por lo que quería, sino por lo que podría haber querido. Entre más grande me vuelvo, menos puertas están abiertas. No porque me las hayan cerrado, sino porque yo misma las fui cerrando al elegir, al vivir, al dejar pasar el tiempo mientras pensaba.
Lo que existe hecho está. Puedo agregar cosas, puedo cambiar la historia. Pero lo que ya pasó es permanente. Y eso, aunque lo sé, aunque lo acepto, me angustia de una forma que todavía no logro explicar del todo bien.
Mi psicóloga me dice que llego con todo desmenuzado. Que mi cerebro no para, que ya para cuando entro a su consultorio lo he procesado todo yo sola tres veces. No sé si eso es un superpoder o una maldición. Probablemente las dos.
Lo que sigo sin resolver es el balance. Me lo han vendido como la meta: todo en su lugar, todo en su medida. Pero entre más intento balancear, más energía gasto en el intento. El balance es una idea muy bonita para alguien que no quiere todo al mismo tiempo. Yo quiero todo. Y eso, por definición, no tiene balance — y ya dejé de fingir que sí.
Esa noche tomé el último autobús. Llegué al bar del hotel famoso — por supuesto estaba packed, lleno de gente, sin un centímetro libre, como es obvio que va a estar un bar famoso un viernes en la noche, no sé en qué estaba pensando. Pero me encantó estar ahí parada un momento, ver la energía, absorberlo. Ya. Lo vi. Tachado. Así funciona mi cabeza: necesito ver las cosas para poder soltarlas.
Luego pensé que podía acercarme a la barra, pero estaba igual de atascada. Y de repente me entró un antojo de algo más cozy. Y en ese momento recordé: el hot chocolate del hotel de cinco estrellas a dos cuadras que llevaba meses en mi lista. Me había prometido visitarlo en mi siguiente viaje. I guess it’s gonna be now.
Así que me fui. El signature hot chocolate, dieciséis dólares más tip, porque si vas a ese lugar pues obviamente. Sola frente a una chimenea. Cargando el teléfono porque había salido sin batería, como buena overthinker que planea todo menos lo obvio. Y sí — los marshmallows hechos en casa hacen la diferencia. Pero bueno, back to overthinking. El autobús de regreso duró veinte minutos que se sintieron como cinco horas — me quedé dormida y casi me pierdo la parada.
No me arrepiento ni un segundo.
¿Pienso demasiado? Sí. ¿Lo voy a dejar de hacer? Absolutamente no — y ya hasta le perdí el miedo a esa respuesta. Soy overthinker. Incurable, funcional, con anillo inteligente que lo confirma todos los días. Y al final, de alguna forma que mi psicóloga seguramente ya anotó, eso también es un higo que elegí.
Explora más en: Instyle.mx











