Hay algo muy extraño que pasa cuando creces: un día te despiertas y te das cuenta de que el tiempo ya no se siente infinito. No sucede de golpe, nadie te avisa y no hay un momento exacto en el que alguien te entrega un manual explicándote que, a partir de ahora, los años pasarán más rápido de lo que te gustaría. Y no, no es que le tenga miedo a cumplir años o a llegar a los 30. Lo que en realidad me asusta es algo mucho más difícil de explicar: darme cuenta de lo rápido que pasa la vida y no saber si voy a alcanzar a vivir todo lo que quiero vivir.
Tengo 26 años y, aunque el calendario insiste en decirme lo contrario, muchas veces sigo sintiéndome como si tuviera 18. Pero luego veo una foto de mis amigas de toda la vida, escucho a alguien decir que nos conocemos desde hace veinte años o noto algunas canas nuevas en el pelo de mis papás y recuerdo que el tiempo sí ha pasado. Mucho más de lo que me gustaría admitir.
Cuando somos niños queremos que el tiempo corra. Queremos crecer, ser adultos, tomar nuestras propias decisiones. Los veranos parecen eternos, los años duran una vida y las vacaciones nunca son suficientes. Pero en algún momento todo cambia. De repente los meses se pasan volando, las semanas duran dos días y mucho más constantemente de lo que me gustaría me pregunto: ¿cómo que ya estamos en junio? ¿Cómo que ya pasó otro año?

Quizás hay un momento en la vida en el que entiendes que el tiempo no es infinito, y no porque alguien te lo diga. Lo entiendes cuando ves envejecer a tus papás. Creo que una de las cosas más difíciles de crecer es darte cuenta de que ellos tampoco son eternos. Durante años los vemos como personas que siempre estarán ahí, como si el tiempo no pudiera alcanzarlos. Hasta que un día entiendes que ellos también están viviendo la vida por primera vez y que tampoco tienen todas las respuestas.
Y entonces es en ese momento que algo cambia. Porque ya no solo piensas en tu propio tiempo, piensas en el de las personas que amas, y también pasa con los amigos. Hace unos años sentía que siempre estaríamos exactamente donde estábamos: yendo a las mismas fiestas, viendo a las mismas personas, compartiendo la misma rutina. Pero la vida avanza sin pedir permiso. Ahora hay amigas que se casan, otras que se mudan a otro país, algunas empiezan nuevas etapas y otras siguen descubriéndose. Y aunque el cariño sigue intacto, empiezas a entender que crecer también significa aceptar que las personas no siempre estarán en tu día a día de la misma manera.
Hay otra sensación que he empezado a experimentar últimamente y que me cuesta muchísimo explicar, es una especie de nostalgia anticipada por cosas que ni siquiera han terminado. Porque de repente estás viviendo un momento y una parte de ti ya lo está guardando como recuerdo. Estás en una cena con amigos, en un viaje, en una tarde cualquiera y piensas en lo mucho que vas a extrañarlo y las ganas que te darían poder ponerle pausa. No porque se esté acabando, sino porque sabes que algún día será diferente. Y qué raro es eso, ¿cómo puedes extrañar algo mientras todavía lo estás viviendo?
Tal vez por eso muchas veces me pregunto en qué momento pasó tanto tiempo. Porque la vida no cambió de golpe. Cambió mientras estaba ocupada mirando otra cosa. Nos la pasamos posponiendo planes, conversaciones y sueños porque asumimos que después habrá tiempo. Después hacemos el viaje. Después llamamos a esa persona. Después nos atrevemos. Después descansamos. Pero la verdad es que nadie sabe cuánto dura el después.

Hace poco una amiga me dijo algo que se me quedó grabado: mucho se habla de que el tiempo lo cura todo, pero en realidad es lo que decidimos hacer con el tiempo lo que termina curándonos. Y creo que tiene razón, porque el problema nunca ha sido que el tiempo pase. Eso es inevitable, lo verdaderamente aterrador sería llegar dentro de algunos años y descubrir que estábamos tan ocupados pensando en el futuro que nos perdimos el presente.
Tengo que admitir que el verdadero miedo que siento no es a envejecer, es no haber estado realmente aquí mientras la vida ocurría. Porque al final crecer consiste en entender que el tiempo nunca se detiene. Que siempre habrá cambios, despedidas, nuevas versiones de nosotros mismos y preguntas sin responder. Pero también consiste en entender que precisamente porque nada dura para siempre, todo importa un poco más. Cada conversación, cada viaje, ada tarde que parece tan cotidiana, cada persona que hoy forma parte de nuestra vida. Porque algún día, sin avisar, todos esos momentos se convertirán en recuerdos.
Y tal vez esa sea la verdadera lección del paso del tiempo: no intentar detenerlo, sino aprender a disfrutarlo mientras ocurre. Lo bueno de la vida es que todo pasa, pero al final, lo malo también es que todo siempre pasa.
Explora más en: Instyle.mx












