Ahora que Bridgerton se puso modo Cinderella Story con Yerin Ha y Luke Thompson en la temporada 4, los fans del ton no podemos evitar preguntarnos qué habría pasado entre la doncella y el aristócrata si se hubieran conocido en la vida real. La respuesta corta: probablemente ni siquiera se habrían cruzado. Y mucho menos en un baile de máscaras, gracias a las estrictas reglas de la era Regencia.

Históricamente hablando, la época que inspiró a Julia Quinn a escribir los ocho libros de Bridgerton estaba llena de reglas sobre el cortejo. Dejando de lado que Sophie y Benedict pertenecen a mundos sociales completamente distintos, su camino al matrimonio habría estado lleno de obstáculos: no tocarse, no pasar tiempo a solas y ni siquiera llamarse por su nombre.
Además, las normas de apariencia eran igual de estrictas. Las mujeres debían llevar el pelo recogido y los guantes eran obligatorios en la pista de baile, todo para evitar el contacto piel con piel.
Aunque Bridgerton no sea el drama de época más históricamente exacto de todos los tiempos, muchas de sus representaciones del Londres de la Regencia sí están bastante bien logradas. A continuación, te contamos las reglas de etiqueta social más interesantes (y también más complicadas) que los personajes habrían tenido que seguir en la vida real.
Las reglas de la Regencia que harían imposible Bridgerton
Las doncellas solo podían hablar cuando se les dirigía la palabra
En la era Regencia, las familias que tenían personal doméstico mantenían una división de clases súper estricta. En términos prácticos, esto significaba que las doncellas no podían hablar a menos que alguien les hablara primero, evitaban el contacto visual y, básicamente, debían pasar desapercibidas. Invisibles, pero impecables.
Y dentro del propio staff también existía jerarquía. El rango determinaba desde qué tan cerca dormías de la familia hasta quién comía primero.

Necesitaba una presentación formal antes de cualquier contacto
El romance no empezaba solo porque alguien “te gustara” en un baile. Para que dos personas de alto estatus social pudieran siquiera conversar, necesitaban una presentación formal, generalmente hecha por un familiar o un amigo cercano. Básicamente, un sello de aprobación previo.
“Sin esto, existía el riesgo de que los padres intervinieran en el último momento para detener la relación, dejándolos expuestos a los rumores del pueblo y al chisme en los periódicos”, explicó la historiadora Sally Holloway a History.
Las parejas en cortejo no podían llamarse por su nombre
Si la idea era evitar cualquier exceso de intimidad antes del compromiso, usar el nombre de pila quedaba prácticamente prohibido (al menos en público). Lo correcto era dirigirse a la otra persona por su título: “Señor”, “Señorita”, “Lord”, etc.
“El uso del nombre de pila era una marca especial de intimidad, que indicaba un nuevo nivel de cercanía”, explicó la historiadora Sally Holloway. “Las parejas incluso escribían cartas pidiendo permiso explícito para usar un nuevo apelativo, avanzando poco a poco de ‘Miss X’ a su nombre de pila y eventualmente a ‘mi amor más querido’”.
Los solteros se reunían en las Almack’s Assembly Rooms
Aunque las fiestas de Bridgerton parecen salidas de fantasía, sí existía un equivalente real: las Almack’s Assembly Rooms. Estos clubes sociales eran de los pocos espacios donde hombres y mujeres podían convivir y bailar en público, más allá de las grandes fiestas organizadas por las familias más influyentes del ton.
De hecho, el cronista social Captain Rees Howell Gronow describió Almack’s como “el séptimo cielo del mundo de la moda”, donde podías comprar un pase para asistir a “un baile y cena una vez por semana durante 12 semanas”.

Una mujer solo podía beber si un caballero la invitaba
Para ser considerada una “dama respetable”, emborracharse en público no era opción. De hecho, lo socialmente correcto era que una mujer solo tomara una copa si un hombre se la ofrecía, generalmente durante cenas formales o eventos importantes. Nada de ir por tu propio ponche sin supervisión masculina.
Solo los hombres podían invitar a bailar
Como en muchos rituales de cortejo de la era Regencia, la iniciativa era exclusivamente masculina. Solo un hombre podía invitar a una mujer a bailar, nunca al revés. Las mujeres sí podían rechazar la invitación, pero hacerlo sin estar “ya comprometidas” con otro baile se consideraba de mala educación.
Además, según National Geographic, las personas solteras debían cambiar de pareja cada dos bailes.
Las parejas no podían tocarse piel con piel al bailar
Ya en la pista, bailar era lo más “íntimo” que una pareja podía hacer antes del compromiso… pero con reglas. Podían tomarse de las manos, sí, pero siempre con guantes. Nada de contacto directo. Técnicamente, ese era el máximo nivel de cercanía física permitido.

La etiqueta de los regalos era totalmente distinta
Así como hoy, los regalos eran parte clave del cortejo, crucial, según National Geographic. Pero en esa época, quien compraba los obsequios era casi siempre el hombre. Si lo invitaban a cenar a casa de ella, podía llegar con algo comestible. En otros casos, flores o una joya eran apuestas seguras.
Las mujeres del ton, en cambio, solían regalar cosas hechas por ellas mismas: flores prensadas, bordados… o incluso mechones de pelo.
“El pelo nunca se descompone, así que simboliza el amor eterno”, explicó la historiadora Sally Holloway. “En sus cartas, las personas hablaban de llevar mechones de pelo a la cama, besarlos y hablarles como si fueran el amante ausente”.
Los regalos debían devolverse después de una ruptura
Si el cortejo terminaba, no sólo se rompía el corazón, también había protocolo. En coherencia con esa obsesión por evitar intimidad antes del compromiso, las parejas debían cortar todo vínculo, incluyendo los regalos.
“Podías quemar las cartas, pero lo más común era devolverlas para dejar claro que esa persona ya no tenía ningún derecho sobre ti”, explicó Sally Holloway a PBS. “Devolver esos objetos materiales de la relación era clave para señalar que todo había terminado de forma definitiva”.
Las citas necesitaban chaperón (siempre)
Las citas sin supervisión no existían. Los chaperones eran parte esencial del romance “decente” y la era Regencia no fue la excepción. Además, los encuentros debían ocurrir en espacios públicos; verse en privado podía arruinar por completo la reputación de una mujer.

El divorcio era prácticamente impensable
Aunque hoy el divorcio es algo relativamente común (en gran parte gracias a reformas como la Divorce Reform Act de 1969, que introdujo el divorcio sin necesidad de culpas específicas), en la era Regencia era otra historia completamente distinta.
En ese entonces, divorciarse era extremadamente raro y casi inexistente. De hecho, requería nada menos que un acto del Parlamento. Sí, terminar un matrimonio implicaba un proceso político formal, lo que lo hacía inaccesible para la mayoría y socialmente escandaloso.
Nota original de: InStyle.com
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