Ana Valeria Becerril: actuar desde la intuición en Como agua para chocolate
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Ana Valeria Becerril: actuar desde la intuición en Como agua para chocolate

Sabe exactamente en qué momento nació su deseo. Tenía15 años cuando entró por primera vez a un teatro y, justo antes de que comenzara la función, sintió ese chispazo que lo cambia todo: la certeza de haber encontrado su lugar. Años después, regresa a esa adolescente para hacerse una pregunta esencial: ¿sigo siendo congruente con ese primer deseo? La respuesta, dice, está en su capacidad de asombro. Esa que no se le ha ido y que espera no perder nunca. “El día que un personaje no me dé miedo, me voy a preocupar”.

Ana Valeria Becerril en Como agua para chocolate

Ana Valeria Becerril en InStyle febrero
Ana Valeria Becerril para InStyle México

Antes de aceptar un proyecto, se pregunta algo muy simple y muy honesto: “¿es algo que yo vería?”, “¿algo que consumiría y disfrutaría?” A partir de ahí, también ha aprendido a ser tajante. No está dispuesta a prestar su voz, su cuerpo ni su imagen a narrativas que normalicen la violencia o glorifiquen figuras que han causado dolor real. Ahora que el cine y la televisión se cuestionan qué historias quieren contar hacia afuera, elige participar en contenidos con un mensaje claro y responsable.

En la segunda parte de Como agua para chocolate, esa mirada crítica y sensible se traduce en uno de los personajes más complejos de la historia: Rosaura. Si desde el inicio fue una mujer llena de capas, ahora se enfrenta a conflictos más maduros y dolorosos. Ana Valeria la describe como una mujer de carácter fuerte que carga un dolor inmenso y que, al defender lo que cree que es mejor para ella, inevitablemente hiere a otros. Entender de dónde vienen esas convicciones, qué la mueve y qué le pesa, fue uno de los trabajos más profundos y gratificantes de esta etapa.

Hubo escenas que marcaron a todo el equipo. Momentos tan emocionalmente intensos que nadie salió igual del set. Para Ana, fue confrontar la pregunta de cómo se justifica un dolor tan grande, tanto el que se causa como el que se recibe. Un proceso incómodo, sí, pero también muy humano. Lejos de la ficción, trabajar con Azul y Andrea le regaló algo inesperado: calma. Desde un lugar de “hermana mayor”, observó procesos que ella ya había atravesado, lo que despertó ternura y muchas ganas de acompañar.

Juntas encontraron un equilibrio entre la seriedad del proyecto y la ligereza necesaria para disfrutarlo. Para ella, amar bien tiene que ver con dejarse cuidar y construir relaciones horizontales, suaves y basadas en la escucha. La amistad femenina ocupa un lugar central en su vida y en su carrera: vínculos que se trabajan y se sostienen en el tiempo.

Esa misma compasión la ha llevado a reconciliarse con su cuerpo, su estilo y sus inseguridades. Permitirse experimentar con la moda, usar prendas que antes le “daban miedo” y escuchar qué se siente bien hoy, sin exigencias. En los días en los que la inseguridad se asoma, baja el ritmo se apoya en otros, camina, lee, va al cine o al teatro. Si pudiera darle un consejo a esa niña de 15 años que llegó con sueños al teatro, le diría algo muy simple y muy poderoso: ten paciencia contigo. Porque hoy, lo que más la emociona del camino que sigue construyendo no es el reconocimiento, sino la posibilidad de seguir encontrándose con nuevas personas, nuevas historias y miradas que la sorprendan. Mientras eso siga ocurriendo, el asombro —ese primer motor— seguirá intacto.

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